¿Por qué no quejamos por todo?

26/04/2017

Convertir la queja en parte de nuestro día a día

La queja no es siempre algo negativo, de hecho, es utilizado de forma saludable como un mecanismo para mostrar una situación de contrariedad. Sin embargo, hay personas que han convertido el hecho de quejarse en una costumbre. Simplemente se quejan por todo, de forma automática y rutinaria. En ocasiones no son conscientes de ello, incluso si les preguntas: ¿de qué te quejas?; contestan: ¡ay! ¿Pero me he quejado?  Es posible que estas personas no tengan una razón fundamentada para su queja y no necesiten ir a un psicólogo en Córdoba e iniciar una terapia, pero sí pueden resultar agotadoras para las personas de su entorno. Las quejas sin motivo son una constante de la sociedad actual. Si con cada queja que oímos se plantara un árbol, al cabo de unos meses habríamos repoblado un frondoso bosque. Sin embargo, otras quejas sí tienen motivos fundamentados y es importante tanto expresarlas como que sean oídas por las personas adecuadas.

¿De qué nos estamos quejando?

Las situaciones o motivos que originan nuestras quejas son muy variados y depende, en gran medida, de cada persona. Pero, ¿cuáles son los motivos de nuestras quejas? Esto depende de la perspectiva de cada uno y su situación personal, lo que para alguien puede ser un contratiempo sin importancia para otro puede suponer una distorsión importante de su nivel de bienestar. Llevándolo a situaciones extremas podemos quejarnos del hecho de habernos derramado el café y tener que cambiarnos justo antes de salir de casa. Esto podría arruinarnos, sino todo el día, sí buena parte de la mañana en la que nos la pasaremos barruntando todo lo negativo del día. Pero claro, también se puede mirar desde el punto de vista de ser afortunado por el hecho de tener en el armario otro pantalón o camisa. Por desgracia, este segundo caso, el de la persona que siempre mira hacia lo positivo, sí, ese que ve siempre la botella medio llena, suelen ser los menos en estos días. Y, ¿por qué es esto así? Uno de los motivos es el nivel de confort tan alto que hemos conseguido en las sociedades avanzadas, aunque algunos no lo vean. Esto causa que cualquier circunstancia que nos modifique este nivel de bienestar pueda irritarnos más de lo que la situación en sí debería alterarnos. Así, ante cualquier contratiempo, por pequeño que sea, estamos predispuestos a quejarnos de inmediato.

¿Qué solucionamos quejándonos?

Debemos plantearnos si la circunstancia por la que nos quejamos tiene solución y si la queja puede ser parte de esa solución. Quejarse puede ser una fuerza de cambio si está enfocada adecuadamente. Pero el simple hecho de lanzar al aire nuestro malestar, en principio, no va a hacer que mejoren nuestras circunstancias. Es decir, quejarnos por quejarnos, ¿de qué sirve? Por ejemplo, hemos tropezado con un adoquín de la acera mal colocado y nos quejamos a la persona con la que vamos caminando de lo mal que está el acerado y que se debería hacer algo. Si lo dejamos aquí nada cambiará. Sin embargo, si presentamos una queja al servicio de limpieza de nuestra ciudad o en el ayuntamiento, nuestra queja sí puede cambiar la situación.

Cuando bajo nuestra queja subyace un problema mayor

Con la queja constante una persona puede estar indicando un malestar interior más profundo; siendo su queja reiterada una manifestación de esta situación; e incluso una llamada de atención. Profundizar en esa situación y sus causas ya correspondería  al ámbito especializado de un psicólogo. Son pocos los casos en los que una persona será consciente de que necesita ayuda y somos los que estamos a su alrededor los que debemos ayudarles a que se den cuenta de esa necesidad. Se trata de una cuestión delicada, porque a pocas personas les gusta que les digan que “quizá” necesitan  ayuda psicológica, pero esta situación debe ser afrontada con firmeza y cariño si realmente nos importa esa persona.

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Patricia Maguet Levy

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